El Perfume

Había sido un día levemente productivo, aunque no precisamente para mí: el Turco necesitaba redactar una letra y me pidió ayuda. Yo, como intento de buen samaritano, dije que sí, y nos tardamos día y medio escribiendo. Llegó desde muy temprano en la mañana, almorzamos juntos algo que supuestamente era vegano (como todo en esta ciudad) para que no rompiese su dieta vegetariana, y al caer el sol ya no podíamos más. Había necesidad de una cerveza.

Después de tantos días de encierro, decidimos salir a vagar a las calles y dejar las cervezas que estaban en la casa para otra ocasión. Tocamos la puerta del Mexicano, lo invitamos a salir, y respondió que bueno, que se iba a vestir, pero que a dónde íbamos. Ni siquiera habíamos discutido eso pero el Turco dijo que al Fengler’s. El Mexicano dijo haber ido ya diez veces en la semana a ese bar, que mejor fuéramos al Kptn. Yo dije que qué paja, eso es armar gira hasta la Warschauer, pero el Turco accedió y nos fuimos a vestir.

Él no andaba ropa para la calle, así que me tocó vestirlo de mi closet. Bueno, no lo vestí yo, en realidad entré por dos segundos al baño y, cuando salí, ya estaba arropado con mis mejores prendas y mi boina. Tenía un aire al actor de aquella tremenda película, El Pianista, así que se lo dejé pasar. De otro ángulo parecía más bien un maquinista de tren de hace dos siglos, pero lo noté ya en la puerta de la casa y no quería perder más tiempo.

Salimos. Excesivamente calientes para el viento que no hacía. El Mexicano andaba un suéter y su chaqueta de cuero sobre su camisa, además de una bufanda relativamente delgada, pero una bufanda de todos modos. Al llegar al metro en la Pankstraße ya se le veían gotas de sudor corriendo por la frente, al igual que nos pasa a todos cuando comemos sus malditos chilaquiles, siempre tan ricos pero vulgarmente picantes.

Llegamos con las completas al metro. Dentro del vagón hacía un horrible viento caliente, tanto así que me quité la chaqueta inmediatamente. Nos sentamos, y, una vez cómodos, el Turco se quitó la boina, comentando también el espantoso calor. Era difícil creer que hacían 14° en la calle. El Mexicano no se tocó ni una prenda, ni siquiera la bufanda, mencionando un leve dolor en la garganta. No quiero imaginarme cómo iría sudando su torso.

Mientras estábamos en el metro, el Turco llamó a la princesa. Resulta que ella también iba a l Kptn, pero primero iba al Kotti a comer en el Burgermeister. Me antojé horriblemente, amo esas hamburguesas, pero apenas notó mi exaltación, el Mexicano me dijo que no, estás loco, ya te volaste tremendo plato de chilaquiles, olvídate, y pues ni modo. Seguimos callados el resto del camino hasta llegar a la Warschauer. Estaba sorprendentemente vacía para ser un jueves por la noche. Aparte de los típicos vendedores y los tres o cuatro pelados sin casa que pedían dinero para comida y marihuana (eso decía el rótulo que sostenían; he notado que semana de por medio alternan marihuana con cerveza), no había mucha gente; se podía transitar cómodamente por la calle.

Recorrimos la Warschauer hasta llegar a la esquina del döner, donde doblamos hacia la Revaler Straẞe. La calle estaba más iluminada de lo normal, nos sorprendió a los tres. Y creo que por esta razón es que el Mexicano se fijó en uno de los vendedores, uno que había pasado a nuestro lado ofreciéndonos cosméticos. Usualmente pasamos por ahí sin voltear a ver a los vendedores, porque está tan oscuro que incluso pensamos que no venden ni mierda y sólo están jodiendo. Pero el Mexicano salió corriendo y regresó al poco tiempo con un perfume y una gran sonrisa.

Quéjesa mierda, le dijo el Turco, para qué carajos andás comprando eso acá. Me lo dio a veinte lolos, dijo el Mexicano, y es del que me gusta. Observé el frasco y vi que tenía forma de manzana. Estaba lleno hasta un poco más de la mitad y no tenía rociador. Noté mis observaciones. Te vieron la cara de pendejo, le dijo el Turco lanzando una mano en el aire, clase estafa te pegaron. Sin dejar de sonreír dijo el Mexicano que lo dejáramos en paz. Sacudió el frasco y lanzó gotas al aire. El olor era bien fuerte y tenía un color verdoso, pero no era desagradable. Lo dejé ser y vi mientras se gastaba medio frasco frente al Turco, que lo miraba con cara de decepción.

A ningún lugar vamos a entrar con este tufo. Calma pendejo, le respondió el Mexicano, vos tranquilo que nadie nos va a decir nada. Además, cualquier cosa entramos con la princesa. ¿Y no era para ella el perfume pues? Sí, pero aquí hay suficiente. Te dieron vuelta, dijo el Turco y seguimos caminando. Yo ya tenía los ojos hinchados de tanto color cuando llegamos a la Simon-Dach-Straẞe. Las luces de la calle, que usualmente estaban apagadas, me traían loco. Sentía ciertas vibras, pensé que el Turco estaba de mal humos por la pendejada del Mexicano y porque no fuimos al Fengler’s, pero me volteó a ver al mismo tiempo que decidí observarlo y ambos nos reímos.

Todos tranquilos, pues, ¿Te acordás, el otro día? Volteé a ver al Mexicano y estaba señalando el bar ucraniano del nombre que nunca me aprendí, donde habíamos tomado cervezas un mediodía con mi amiga de Guayaquil. Parecía otro lugar, durante el día tenía un ambiente cómodo, parecía más café que otra cosa, pero como todo el mundo, en la noche se transformaba, y en este caso a algo más… Oscuro, perdón por ser tan obvio. Las luces por dentro son mínimas y rojas, si no me equivoco, y reina un ambiente misterioso, desconocido. Al asomarme por la puerta vi a mi amiga sentada en la barra. Vestía una camisa blanca de tirantes y jugaba con su escote, viéndome con más seducción que la que me había visto en su vida. Vi que su mano izquierda recorría su entrepierna, pero no determinaba si andaba puesto un pantalón u otra cosa. Estaba muy oscuro, pero era claro que me deseaba. De repente sentí la mano del Mexicano en mi hombro. Me volteé y el olor de su perfume me golpeó fuertemente en la cara. El turco se reía. Yo casi no miraba entre la oscurana y el olor. Me volteé una vez más, dispuesto a entrar al bar, pero ahora las luces se miraban verdes. No me gustó el ambiente, parecía un burdel. Dejé de ver a mi amiga, y pensé que ya no había motivo para entrar acá. Me di la vuelta, empujé al Mexicano, agarré al Turco del brazo y seguimos caminando al Kptn, que era ya como a dos edificios.

Para ese entonces ya no sentía nada de frío y me quité la chaqueta. Se la di al Mexicano, no sé por qué, y le di una cachetada. Su sonrisa me tenía harto. ¿Son como hermanos, verdad? Sí, nos conocemos desde pequeños, de hecho. Dejá de hablar solo, me dijo el Turco. No hay que ser maleducado, le respondí. Se comenzó a reír. Entramos al Kptn. Ya la cagaste, le dijo al Mexicano, ahora huele a tu perfume todo el bar. Estaba horrible, llenísimo, siempre está chill y la música es buena, hoy está grave. ¿Quién putas son estos meseros que oyen esta mierda? No te quejés hombre, tomá tu cerveza. Gracias Turco.

Se miraba cabezón, la nariz un poco más grande de lo normal, y los ojos enormes, tanto que asustaba. Es por la música, dijo el M, y entendí. Me sentía en un animé japonés, me sentía loco y veía verde por todos lados. El M comenzó a gritar. Disculpen la actitud de mi amigo, a veces no sabe comportarse en público. Nos da pena ajena, dijo el Turco. ¿Con quién me están acusando? Con nadie, le dije al M. Se acabó la cerveza de un solo trago. Ese perfume de alborota las hormonas, el Turco moviendo la cabeza y riéndose una vez terminó de hablar. ¿Y no era para la princesa? Ya no va a venir creo yo. ¿Idiay? ¿Y por qué para ella? ¿Acaso pensás cogértela, o a su amiga? No pero ahora que lo mencionás, es mucho más rico coger con perfume. Ves que te alborota las hormonas. Le quité la boina y le pasé la mano por el pelo. Uff, qué rico, hacé eso de nuevo por favor. Ves, y a vos también, no jodás. Ya no sabés que al Turco le gustan las turcas. Tu madre, le pegó en la cabeza con un tercer brazo al M. ¿Un tercer brazo? Es la música hombre, no dijiste que te sentías en un animé. Pues, no lo dije.

Tomá. El M me lanzó unas gotas de perfume en la cara que me secaron la garganta. Sos caballo, le dijo el Turco, poniéndose una mano en la frente, ya te acabaste el perfume. ¡Pero si la princesa no va a venir ya!, dijo el M. ¿Quién dice que no? Puta, ya dejá de hablar solo, por favor. Yo no dije eso, le respondí al M. Tomé un sorbo de mi cerveza, y me giré.

Ahí estaba la princesa. Sonreí. El Turco se rió a carcajadas y botó la boina, mi boina. El M chorreó medio vaso de cerveza. Quiero perfume, dijo la Princesa, sonriendo maquiavélicamente.

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